ANDERSON, B. S.; ZINSSER, J. P. (1991). Historia de las mujeres: una historia propia. Barcelona: Editorial Crítica. BEGER, J. (1975). Modos de ver. Barcelona: Editorial Gustavo Gili. BERNÁRDEZ, A.; GARCÍA, I.; GONZÁLEZ, S. (2008). Violencia de género en el cine español: análisis de los años 1998 a 2002 y guía didáctica. Madrid: Editorial Complutense. BORDO, S. (2004). Unbearable Weight: Feminism, Western Culture, and the Body. Berkeley: University of California Press. CAMARERO, E.; MARCOS, M. (2012). “Campañas en televisión contra la violencia de género del Ministerio de Sanidad, Política Social e Igualdad (2008-2011). Análisis de contenidos previo al estudio de recepción”. En Revista de Comunicación Vivat Academia, nº 121, Madrid: Universidad Complutense de Madrid. p. 17-30.
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LAS COMBATIENTES.
No acostumbro a recomendar películas, libros todos los que os podáis imaginar, pero no soy muy amiga de las películas históricas porque no son fiables, aunque si entretenidas y de vez en cuando merecemos entretenernos con algo que no sea realidad.
No es el caso de esta serie que está colgada en una de las plataformas de pago, en este caso en Netflix, la N roja de las plataformas, en decadencia. Pero he de admitir que, con esta serie, se ha lucido y es por ello por lo que la recomiendo.
Para comenzar este retrato sobre la mujer protagonista en la retaguardia, durante la
I Guerra Mundial, rescato una cita de Marcuse
(2010): “Lo ausente debe hacerse presente porque la mayor parte de la verdad reside en
lo que está ausente”. . La
razón principal es que las monografías históricas y biográficas suelen hacer una historia del hombre y no una historia de las mujeres o del ser humano. El episodio bélico
al que nos referimos no es una excepción. La mayoría de los tratados ha obviado la
figura y la tarea de la mujer, que quedó en la retaguardia pero ni mucho menos, en
segundo plano.
Esta guerra movilizó enormes ejércitos:
unos 65 millones de soldados entre todos los contendientes. Provocó que la retaguardia quedara huérfana de mano de obra y hubo que recurrir a la mujer para mantener
la producción. A modo de ejemplo, 430.000 mujeres francesas y 800.000 mujeres
británicas pasaron de ser amas de casa a obreras asalariadas e incluso, muchas de
ellas forman parte de la propia guerra. En Alemania, sin participar directamente en
las unidades de combate, contribuyeron en las actividades de la guerra, trabajando en
las fábricas de armamentos y desarrollando diversas tareas cerca del frente de batalla:
avituallamiento, depósito de municiones, etc. Poco antes de terminar la guerra, casi
68.000 mujeres reemplazaron a los hombres que estaban en el frente.
En Inglaterra, las mujeres también participaron en el conflicto bélico como civiles, con o sin remuneración. De hecho, 80.000 mujeres se enrolaron como auxiliares
en las unidades femeninas de las fuerzas armadas. Constituyeron WAAC (Women’s
Auxiliary Army Corps o Cuerpo femenino Auxiliar del Ejército), WRNS (Women’s
Royal Naval Service o Servicio Femenino de la Real Armada) y WRAF (Women’s
Real Aerial Force o Real Fuerza Aérea Femenina). Al mismo tiempo, otras tantas
prestaron servicio como enfermeras. Y en Rusia, aunque en menor número, también
participaron en los combates. Formaron unidades de combate de mujeres voluntarias, bajo la autorización del ministro de guerra y líder revolucionario, Aleksandr
Fiódorovich Kérenski. Maria Leontievna Bochkareva, más conocida por su apodo,
Yashka, formó el primer batallón integrado exclusivamente por mujeres, conocido
como el Batallón de la Muerte de Mujeres. Bochkareva ya había formado parte de
diversas unidades de composición mixta pero en esta nueva tarea, reunió y formó a
2.000 mujeres.
El trabajo como actividad natural y cotidiana para los hombres, e infrecuente para
las mujeres, se modificó en este de tiempo guerra. Las mujeres fueron reclamadas
en el trabajo y ocuparon su espacio en las fábricas, en puestos antes reservados a los
hombres. Como indican Anderson y Zinsser (1991), los “trabajos de hombres” son
desempeñados temporalmente por mujeres, sin ninguna pretensión de perpetuidad.
Resulta evidente que el conflicto armado se convirtió en un medio por el cual se
eliminaron las barreras que separaban los trabajos masculinos de los femeninos. Las
mujeres se convirtieron en operarias, montaron aviones, trabajaron en fábricas de
municiones, en los ferrocarriles y en las minas, condujeron el metro, autobuses y
camiones. Se convirtieron en la primera fuerza de la retaguardia y en el campo, su
trabajo resultó fundamental para la supervivencia de todos los seres humanos. Este
cambio dotó de confianza a la mujer y explica su nueva y necesaria emersión en la
sociedad. El economista y escritor norteamericano, Raymond Robins, en Duby y
Perrot (1993: 31) afirma: “Es la hora inaugural de la historia para las mujeres del
mundo. Es la era de las mujeres”.
La guerra desafió el concepto de feminidad existente. La necesidad de libertad
para el cuerpo, favoreciendo los movimientos, implicó una nueva indumentaria y la
implementación de pantalones y chaquetas. Por otro lado, los traumas producidos
durante el conflicto y la obsesión por la muerte “vuelven al amor más ávido y más
banal a la vez” (Duby y Perrot, 1993: 49). Se contribuyó al “advenimiento de la
pareja moderna, centrada en una exigencia de realización individual y ya no patrimonial” (Duby y Perrot, 1993: 49)
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